Paseando, ahora, por el Concilio Vaticano II: la utopía de una nueva Iglesia

En otra ocasión, ya en pleno invierno, esperaba que mi buen amigo Josep Maria Benítez-Riera, historiador de la cultura, se acercara al pequeño bosque muy cerca del monasterio de Sant Cugat donde habíamos quedado. Me divertía el nombre que le habíamos otorgado a aquel lugar: il bosco sacro. Mientras recordaba nuestra última conversación y pensaba en lo que había quedado interrumpido, me vino a la mente una afirmación de Quintiliano que dice: “La primera virtud de la elocuencia es la claridad” [ Prima est eloquentiae virtus perspicuitas]. ¡Hay que ser penetrante en la hora de la verdad!

VGO: ¿Crees que el Papa Juan XXIII fue perspicaz, agudo, en la hora de la verdad?

JMBR: Sí. Clarividente y realista en convocar el Concilio. ¿Sabes por qué?

VGO: No lo sé; intuyo lo que quieres decir, pero seguro que me equivoco!

JMBR: No te equivocas. Ya lo has dicho: fue perspicaz porque veía la realidad global del mundo y poseía la fuerza, la virtus, de la verdad. Fue sincero y explícito, sorprendente, al comunicar que había decidido convocar el Concilio. Primero, por anunciarlo sólo a los cardenales, de manera inesperada y confidencial, el 25 de enero de 1959. Después por proclamar este precisa decisión ante todo el mundo mediante un discurso público. Al ser divulgado por la prensa, provocó un impacto de dimensiones mundiales. Te acordarás que...

VGO: Sí, ¡que quería aire fresco!!

JMBR: Exacto. Abrir las ventanas de la Iglesia. Ventilarla. Y lanzó también el famoso grito renovador, aggiornamento, palabra nunca pronunciada por ningún papa. Fue profético. Aire fresco y aggiornamento, pero no sólo era esto lo que pretendía Juan XXIII. Lo explicitó en la bula de convocatoria. Proponía captar “los signos de los tiempos”, de manera que la asamblea de todos los obispos, junto a expertos, con representantes de los religiosos y con los invitados de otras confesiones cristianas no católicas, lograra tres objetivos para la transformación de la Iglesia en relación con el mundo. Escribió: 1) La Iglesia ha de estar preparada para contribuir a la resolución de los problemas del mundo; 2) Ha de propagar la fe puesta al día; 3) Ha de preparar los caminos para alcanzar la unidad de los cristianos. Concilio abierto a las “personas de buena voluntad”, pastoral y ecuménico.

VGO: Si es así y tú tienes razón, no comprendo el desencanto de Batllori, ni las discrepancias de Hans Küng o la propuesta de avanzar más tal como dijo el cardenal Martini... ¿Qué pasó? ¿Qué pretendían?

JMBR: Abrir ventanas, sí. Aggiornamento también. Pero Juan XXIII quería mucho más.Ventanas abiertas para facilitar un doble movimiento dialógico: por esto un Concilio ad intra de la propia Iglesia (examinarse a sí misma) y al mismo tiempo ad extra de ella (mirar el mundo, examinarlo y qué es lo que puede hacer ella por él).

VGO: ¡Esto me recuerda el famoso “in” [dentro] y “es” [fuera] del lingüista Jakobson!

JMBR: No tengo ni idea de quién es este autor. Sin embargo estábamos conversando sobre la razón del desencanto de nuestros personajes. Preguntabas: ¿Qué querían? Querían “purificar” a la Iglesia, pero “encerrados” dentro de ella…y tal vez desde su solipsismo…

VGO: ... Es decir, insinúas que deseaban una Iglesia medio celestial, fuera del mundo… o sin lugar… es decir ¡una utopía!

JMBR: Sería más o menos así. Sus sueños los podemos constatar al ver cómo concebía el Concilio cada uno de ellos. Son tres visiones de cómo poder “reelaborar” una Iglesia “nueva”. Si no me equivoco, me atrevería a concretarte el proyecto de de cada uno ellos para alcanzar la utopía.

VGO: ¡Adelante! ¡Atrévete! Si te equivocas más de uno te lo reprochará….

JMBR: Si alguien discrepa podríamos invitarlo a pasear por el bosco sacro...

VGO: Buena idea la de invitar a dialogar a quien quiera hablar de ello.

JMBR: Pienso que según Batllori el Concilio debería haber conseguido una reformulación teórico-práctica de la Iglesia. Es decir, entendida como religión histórica muy estructurada desde el Concilio de Trento. Dicha reformulación en dos campos propios de ella misma: a) el campo dogmático y b) el campo moral (lo que ha sido denominado “la fe y las costumbres”). Fíjate bien que no digo ni “reforma”, ni aggiornamento. Él aspiraba, y me lo decía, era necesaria una reformulación liberal a fondo, tanto teológico-académica no neotomista (doctrina), como ético-axiológica (los principios morales que fundamentan lo que se entiende por “moral católica”, un derecho canónico menos casuístico, nuevos modelos de conducta y de práctica cristiana, con pocos mandamientos, normas y preceptos). Se habría tratado de una “reelaboración” eclesial batlloriana. Académica, de estudio, dialéctica (teoría y praxis).

VGO: Clara síntesis del pensamiento de nuestro gran historiador erudito, que poseía ¡ l’acuta arte di un saggio! Y de los otros dos, ¿qué puedes decir?

De repente, como si alguien lo hubiera decidido, los árboles empezaron a cuchichear y nos resultó difícil, incluso poniendo gran atención e interés, comprender algunas de las frases que nos lanzaron: “¿Qué es la verdad?” [ Quid est veritas?, St. Juan 18,38] o esta que siempre nos ha gustado: “El tiempo revela la verdad” [ Veritatem dies aperit, Sèneca, De Ira 2,22,3]. ¡Ninguna posibilidad de proseguir nuestra conversación! Y acompañados por muchas más palabras de la antigua sabiduría, tuvimos que alejarnos del delicioso bosco sacro.

EDICIÓ PAPER 23/05/2020

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