Las maravillas de Ramón Llull

Este año se celebra el séptimo centenario del fallecimiento del genio mallorquín y todo el mundo podrá acceder con mayor facilidad a algunas de sus obras

Son muy numerosas las obras de Ramón Llull (1232/3-1316), este polifacético genio mallorquín, y de suma importancia tal como han señalado los diversos estudiosos de su figura. Este año se celebra el séptimo centenario de su fallecimiento y todo el mundo tendrá la posibilidad de acceder con mayor facilidad a algunas de sus obras, todas ellas sintetizadas por “uno y muchos libros” o también en “el mejor del mundo, contra los errores de los infieles”. Esta fue una de sus ideas fijas, de su personal y triple ideal: 1) exponerse a dar su vida por Cristo, 2) escribir un libro extraordinario para poder convertir a los infieles y 3) convencer al Papa y a los reyes cristianos para que edificasen monasterios (evangélicos y apostólicos), donde las personas adecuadas aprendieran los idiomas de los infieles (principalmente el árabe), para predicarles, a continuación, el evangelio. El centenario también nos permitirá descubrir alguna nueva biografía, además de su ya clásica autobiografía, dictada por el mismo a los cartujos de París, la Vida Coetánea.

La importancia de su obra y lo que deriva de su pensamiento, es decir el lulismo, ha sido profunda y se ha divulgado a lo largo de los siglos por varios países de Europa, tal como sapientemente nos ha expuesto el historiador de la cultura Miquel Batllori, S.I. Sus estudios sobre en lulismo en Italia (hay que recordar que la obra completa de Batllori reúne 20 volúmenes), donde personajes como Pico della Mirandola se entusiasman por la obra del Doctor Iluminado o la paternidad luliana de la combinatoria occidental llega hasta Giordano Bruno o Leibniz, son ejemplares y todavía hoy en día completamente fundamentales. Resulta interesante comprobar que en numerosas ciudades (más de doscientas), esparcidas por todo el mundo, se encuentran muchos de los manuscritos de las obras de Lull. También los hay en Roma, la ciudad eterna. Ciudad en la que padre Batllori residió la mitad de su vida. También ha vivido intensamente en ella, el historiador de la cultura, seguidor y amigo suyo, Josep Maria Benítez-Riera, residente en la Pontificia Universidad Gregoriana, de la que fue decano en la Facultad de Historia. Con el padre Benítez ideamos juntos un cuestionario, Imago Mundi, para poder elaborar después el libro 31 jesuïtes es confessen // 31 jesuitas se confiesan (Empúries, Península, 2003). En el prólogo que escribió el padre Benítez en el citado libro, nos recuerda que el razonamiento que san Ignacio propone como Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales, afrima: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado”. Lo que más nos sorprende, sin embargo, es lo que a continuación afirma el padre Benítez: “Estas son intuiciones profundas que ya había formulado, sintéticamente, Ramón Llull en el prólogo de su breve tratado Liber de mille proverbis, principios del año 1300, cuando escribe: " Cum homo sit creatus ad cognoscendum et amandum et memorandum et honorandum et serviendum Deo, ideo facimus haec mille Proverbia, ut cum ipsis demus doctrinam, qualiter homo sciat habere se ad finem, ad quem est creatus". Que en versión catalana realizada por el propio Llull dice: " Con l’Hom sia creat per conexer é amar é membrar é honrar è servir Deu, per assó fem aquests Mill proverbis, ab que donem doctrina, com Hom se sâpia haver en la fi, á la qual es creat". ["Como el hombre sea creado para conocer y amar y rememorar y honrar y servir a Dios, así hacemos estos mil proverbios, para que con ellos demos doctrina, por lo cual el hombre sepa comportarse para con su fin, para el cual es creado"]. Esta visión dialéctica de la relación Dios-hombre es una de las maravillas de Llull, según el padre Benítez. Añadimos nosotros, pues, ¡que lo que dice san Ignacio de Loyola, más de dos siglos más tarde, es prácticamente idéntico a lo que dijo Llull!

Ahora bien: si nosotros substituimos de este “conocer y amar y rememorar y honrar y servir a Dios”, el sintagma Dios por los sintagmas “prójimo, el otro, en definitiva los seres humanos”, veremos como buena parte de la humanidad puede estar de acuerdo con su práctica y dedicarse en este mundo entrópico a cultivar, con mayor o menor pasión, la generosidad, la comprensión, la solidaridad, la honestidad, la justicia social, el respeto por la naturaleza y el ser humano y sus respectivas defensas.

Son actitudes y conductas de las cuales se habla a menudo por doquier, teniendo en cuenta las difíciles condiciones por las que atraviesa la humanidad en este mundo (donde vive la prepotencia del Mal, la imposibilidad de detener el Tiempo y muchas disfunciones estructurales creadas por el propio ser humano). Una de las voces que en nuestro contexto europeo defiende con mayor contundencia un necesario cambio radical, es el papa Francisco. Si le acontece, pronto, tener que realizar una visita a nuestro país, tal vez podría elegir como púlpito para alguno de sus discursos la restaurada cueva de san Ignacio en Manresa, muy cerca de Montserrat. Fue precisamente en Manresa, a caballo de los años 1522/23, donde Íñigo de Loyola (fundador de la Compañía de Jesús, la orden del papa Francisco) experimentó “aparentes experiencias místicas”, muy parecidas a las de Lutero en el castillo de Warburg (1521/22) o las de Ramón Llull en la montaña de Randa, donde fue a practicar la contemplación. Siempre hay una montaña a la vista, como decía el Pseudo-Apolodoro, mientras contemplaba el contenido de su famosa obra Biblioteca. Sin pretender alcanzar el paroxismo luliano, cercano a veces a la iluminación, oír y practicar según que palabras— sencillas, profundas y verdaderas— se hace cada vez más necesario de cara a poder preservar las “limitadas maravillas” que todavía nos acompañan.

EDICIÓ PAPER 30/05/2020

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