Vicios privados, públicas virtudes

A Oscar Wilde su época lo juzgó excesivamente, con condescendencia, y con cruel dureza al final

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escriptor i professor d'humanitats a la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

De algunos autores nos interesa su coherencia; de otros, sus contradicciones. Entre estos últimos, al menos para mí, está Oscar Wilde, un escritor al que su época juzgó excesivamente, con condescendencia al principio y con cruel dureza al final. El moralismo no tolera las contradicciones porque se fundamenta, precisamente, en su ocultación. Por eso no está mal elegido el lema que resume la hipocresía moral: "vicios privados, públicas virtudes". Oscar Wilde, en plena época victoriana, se propuso subvertir esta rentable diferenciación. Mientras se le identificó con el esteticismo sus males fueron menores e incluso se premió la brillantez de su ingenio con memorables éxitos teatrales, como el que acompañó a su obra 'La importancia de llamarse Ernesto'.

Luego todo se torció para Wilde. La explicación más evidente es la acusación de inmoralidad que acompañó a su supuesto escándalo sexual. Pero la homosexualidad del dramaturgo apenas hubiese tenido relevancia si él no se hubiera empeñado en romper la inquebrantable frontera que debía separar los vicios privados de las virtudes públicas. En el momento de traspasar esa frontera se quebró el destino de Wilde y se afianzó la hondura de sus escritos. En el período final de su vida el escritor irlandés deja aflorar trágicamente sus contradicciones hasta llegar al conmovedor 'De Profundis', realizado en prisión, uno de los mejores textos escritos en lengua inglesa a finales del siglo XIX.

Antes, en su única novela, Oscar Wilde había logrado atrapar algunos de los demonios del hombre moderno. No es fácil para un autor construir un mito literario al que sus contemporáneos otorguen una dimensión universal. Con 'El retrato de Dorian Grey' Wilde consiguió vertebrar un mito de este tipo. El anhelo de eterna juventud se cruza con la proclama de un hedonismo narcisista y 'dandy'. Al fondo late la competencia del arte y la vida, el gran tema de Wilde, siempre inclinado a proponer la superioridad del arte sobre la vida: la juventud de Dorian Grey pervive gracias a su retrato, hasta que al fin la destrucción se hace inapelable. El arte es el fruto de nuestras ilusiones y sobrevive a ellas.

EDICIÓ PAPER 22/06/2019

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