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Las lecciones de Samanta

El uso del 'yo' vuelve a ser abundante en el nuevo programa de Samanta Villar

El lunes, Cuatro estrenó 'La vida con Samanta', un nuevo formato que vuelve a tener a la presentadora Samanta Villar como epicentro investigador de vidas ajenas y como motor exhibidor de su propia existencia. Si hasta ahora tanto '21 días' como 'Conexión Samanta' y 'Samanta y ...' ya permitían a la presentadora hablar de ella misma con la excusa de contar cosas de los demás, y en '9 meses con Samanta' convertió su maternidad en un soporífero fenómeno de interés nacional, en esta nueva propuesta televisiva sus fans no se sentirán decepcionados: ahora la presentadora incluso enseña su casa.

Un matrimonio de Tarragona formado por un senegalés de 1,97 de altura y una española de 1,26, junto con sus dos hijas, pasan un espléndido fin de semana en la vivienda unifamiliar con piscina de la presentadora. "Los invitaré a mi casa para conocerlos mejor", dice Samanta Villar. Convierte su casa en una especie de plató-laboratorio que le permite descubrir las singularidades de una pareja de un hombre alto y negro y una mujer bajita y blanca. Apasionante. Al margen de este caso, también descubrimos tres historias más: una chica que ha decidido casarse con ella misma, una 'baby adult' mexicana (una chica que quiere que su compañero la trate como un bebé) y un supuesto método infalible para encontrar pareja y que la misma Samanta pone en práctica.

Samanta Villar se sirve de las circunstancias de los demás para mostrar su propio abanico de virtudes

Además, en primerísimo primer plano, la presentadora va haciendo discursos a la audiencia sobre su manera de pensar y de percibir el mundo, aleccionando a todos sobre la vida. El uso del 'yo' vuelve a ser abundante, haciendo gala de una naturalidad impostada y de un narcisismo obvio. Pero lo más inquietante es la condescendencia con la que trata a sus inquilinos. Después de que el matrimonio le explicara las vicisitudes por las que han pasado juntos debido a los problemas económicos, a que él viniera de un país con una cultura diferente y a que ella sufra condromalacia, Samanta Villar sale en el porche de su casa y, en primer plano, mira a la cámara y dice: "¡pobrecitos!". Y a continuación, con voz de pena, vuelve a referirse a ellos: "Pobres ...", y les prepara una cena romántica. Ni Evita Perón lo habría hecho mejor.

Lo más curioso de los formatos de Samanta no son las vidas singulares de las otras personas. Lo más alucinante es ella. La necesidad que tiene de evidenciar su bondad y sus nobles sentimientos. Se sirve de las circunstancias de los demás para mostrar su propio abanico de virtudes, sus principios, sus valores. Ella no quiere juzgar, pero su manera de mirar a los demás acaba siendo escrutadora y condescendiente, desde la altivez de quien tiene el control televisivo. No deja la libertad de mirada al espectador sino que es ella quien impone la suya. Utiliza a los demás en beneficio de su propio yo. Y pensando que retrata los demás, la mejor retratada es ella.

EDICIÓ PAPER 25/05/2019

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