VENEZUELA

Las farmacias y comercios de Caracas vuelven a estar llenos de productos

Los precios están por las nubes y hay que hacer malabarismos para poder comprar

Uno de los barrios humildes de Caracas, formado por pequeñas casas de ladrillo, en la ladera de la montaña. / MARCO BELLO / REUTERS

En Caracas, la capital venezolana, hay una cadena de farmacias que se llama Farma Todo que, como su nombre indica, allí en teoría se puede encontrar de todo. Los establecimientos son grandes superficies donde incluso hay servicio de compra en automóvil, como si se tratara de uno de esos McDonald’s en los que se puede hacer el pedido a través de una ventanilla, sin tan siquiera bajarse del vehículo.

Lo primero que uno ve cuando entra en las farmacias Farma Todo es una torre de botellas de dos litros de Coca Cola colocadas en su pasillo central. También se pueden encontrar patatas fritas de churrería, mayonesa, helados y otros productos similares que precisamente no son lo mejor para la salud. Asimismo hay artículos de limpieza e higiene personal y, por supuesto, medicinas. Los anaqueles están llenos.

“Más o menos tenemos toda clase de medicamentos”, confirma el doctor José Luis Rodríguez, que trabaja en una de las farmacias Farma Todo del este de Caracas, aunque reconoce que algunos escasean. Por ejemplo, faltan antibióticos como la amoxicilina, fármacos para el asma, las tiroides o las infecciones urinarias, e incluso a veces para la tensión. La mayoría de medicinas que hay en las estanterías de la farmacia son de fabricación venezolana, y abundan las hechas a partir de hierbas y especias.

“Mientras Venezuela se está abriendo al mundo, el mundo se está cerrando a Venezuela”, afirma el economista venezolano Asdrúbal Oliveros. Hace referencia, por una parte, a la tímida apertura económica del país y, por otra, a las sanciones internacionales impuestas al gobierno venezolano.

El experto corrobora que no se trata sólo de una percepción, sino que efectivamente la oferta de productos en las farmacias y en el resto de comercios de Caracas ha aumentado en los últimos meses, desde que el gobierno de Nicolás Maduro liberó los precios y eliminó por fin el control de cambio. Eso sí, los precios están por las nubes. En Farma Todo una simple caja de ibuprofeno vale 19.500 bolívares (2,3 euros) y un paquete de 24 pañales, hasta 64.500. El salario mínimo en Venezuela es de 65.000 bolívares al mes (unos 7,8 euros). ¿Cómo lo hace la gente para sobrevivir?

Caracas está situada en un valle angosto de unos 22 kilómetros de largo en el que las clases más acomodadas viven en las zonas más bajas del valle, al este de la ciudad, y las humildes, en las laderas y principalmente en el oeste. La diferencia entre una zona y otra es claramente visible. En una abundan los edificios altos y las calles son amplias, y en la otra sólo hay casitas de un máximo de dos o tres plantas, las calles son pendientes casi impracticables y el tendido eléctrico, un auténtico enjambre de cables.

La vida en los barrios humildes

Julio Emiro y Eli del Carmen Dori viven en uno de esos barrios humildes del oeste de Caracas, en Catia. Tienen 57 y 65 años respectivamente y son colombianos, como tantos otros vecinos de estas zonas deprimidas, donde quien más quien menos es descendiente de extranjeros que llegaron a Venezuela cuando era un país de oportunidades, en épocas pasadas de bonanza. Julio y Eli llegaron hace 40 años y ahora, como casi todos los venezolanos, sobreviven porque son multiempleados -tienen diferentes trabajos- y de vez en cuando reciben ayuda de su familia desde Colombia.

Él trabaja como electricista y gana unos 100.000 bolívares al mes. Ella limpia casas de familias venezolanas que, a pesar de la crisis, aún se pueden permitir tener una empleada doméstica. Cobra 360.000 bolívares mensuales, además de 40.000 de pensión de jubilación. En total entre los dos pueden llegar a ingresar al mes hasta siete veces un salario mínimo (unos 60 euros). Y no son los únicos: la mayoría de venezolanos cobran un promedio de cuatro salarios mínimos al mes, asegura el economista Asdrúbal Oliveros. Y sus gastos corrientes son mínimos.

Julio y Eli viven en una modesta casa que es propiedad de su cuñado y no pagan alquiler. Buena parte de venezolanos de clase baja residen en viviendas de propiedad que construyeron con sus propias manos, o que el gobierno chavista simplemente les concedió. Tampoco pagan electricidad, ni agua, ni casi gas. “Antes de que Chávez llegara al poder, sí que había que pagar el agua y la luz y, si no lo hacías durante dos meses, te cortaban el servicio. Ahora puedes estar dos años sin pagar y ni te envían el recibo”, comenta Julio. El gobierno sufraga absolutamente todo. Los venezolanos que viven en las zonas humildes de Caracas no deben aportar ni un céntimo.

El gobierno también distribuye en estas zonas las denominadas cajas Clap, o sea lotes mensuales de comida casi gratuitos. Sólo cuestan 3.000 bolívares y contienen productos como azúcar, arroz, harina, aceite, pasta, judías y leche en polvo. Determinados días del mes, además, el Ayuntamiento también vende pescado, pollo, carne y huevos a precios subvencionados, más económicos que los del mercado.

El sábado pasado tocó el turno del pescado en Baruta, un distrito de Caracas. Un camión frigorífico cargado con 400 kilos de pescado se plantó en la plaza principal del distrito y diversos vecinos organizaron la venta: colocaron una carpa de color rojo, unas cuantas mesas de plástico y una balanza en un lateral de la plaza, y empezaron a vender pescado. “El mismo pueblo ayuda al pueblo. Esto sí que es una expresión de democracia pura”, aclaró uno de los organizadores, Horacio Márquez, un jubilado de 59 años que intentaba que los compradores se pusieran en fila y no se pelearan para ser atendidos los primeros.

Morela Bello, una de las vecinas que esperaba para comprar pescado, mostraba su fastidio: “Llevo aquí desde las siete de la mañana, y son las diez y media y aún no han empezado la venta”. Eso sí, para hacer cualquier cosa en Venezuela, hay que armarse de paciencia.

 

 

 

EDICIÓ PAPER 12/10/2019

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