Una mirada a América Latina

La pandemia del coronavirus aterriza en una región donde ya había otras epidemias

Decenas de personas de la Amazonia peruana se encuentran desde hace más de un mes atrapadas en las calles de Lima debido a la cuarentena obligatoria decretada por el gobierno del Perú el 16 de marzo y esperan que se les autorice a regresar a su región. / PAOLO AGUILAR / EFE

Dice mi madre que mi bisabuela murió por neumonía a causa de la llamada gripe española que entre 1918 y 1920 causó en México alrededor de 300 mil muertos. Entonces, los barcos que venían del extranjero se quedaron varados en cuarentena al llegar al puerto de Veracruz, las fronteras se cerraron y el miedo se apodero de la población. Cien años después, México como otros países de América Latina se preparan para afrontar la peor parte de la pandemia del coronavirus que espera alcanzar el pico en estos días de mayo.

A la vista de las estadísticas y con todas las reservas en la fiabilidad de los reportes de monitoreo que envían los gobiernos, a excepción de Brasil y Ecuador, pareciera que en América Latina la pandemia por covid-19 hasta ahora con 250 mil contagios y 13 mil muertos, no muestra signos de ser la catástrofe que se pensaba en relación decesos por contagio y, muy probablemente, no veremos las imágenes que nos llenaron de asombro en países del primer mundo como España, Francia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos, donde desde mi punto de vista, el estado de bienestar creo una falsa confianza en los recursos médicos y humanos.

En cambio, lo que ya es un desastre anunciado son las consecuencias socioeconómicas de la pandemia, si como advierte la Comisión Económica Para América y el Caribe, la región retrocede a niveles de hace 13 años, el número de pobres subirá de 185 millones a 220 millones de personas, mientras que la pobreza extrema podrían aumentar de 67.4 millones a 90 millones.

En México como en gran parte de América Latina, la mayoría de familias hemos vivido en un eterno aplanar la curva, donde la incertidumbre es el ingrediente que caracteriza la cotidianeidad. Desde que tengo uso de razón, había que sortear las muchas crisis económicas en las que nos dejaba cada mandatario cuando terminaba su gobierno. Las continuas devaluaciones de moneda que te devaluaba tanto la cuenta bancaria como la autoestima porque, aunque lo vieras venir, no tenías alma ni capital para ser un saca dólares, así que, no quedaba más remedio que acostumbrarse a abrir el sobre del banco con un tequila doble, bueno, un mezcal en mi caso. Ya que te recuperabas del susto, el volcán Popocatépetl podía hacer erupción, o peor aún, comenzaba a temblar la tierra. Si caían objetos era nuestra escala Richter casera avisando que había que salir corriendo: Un terremoto. Uno más. Entonces sí, la catástrofe. Los edificios desplomados, los cuerpos entre ruinas. Mi familia intacta. Mi casa en pie. Afuera el dolor. La muerte. La destrucción. Después la reconstrucción del país y de nosotros mismos. Constatar que rescatar vidas entre los escombros significa el rescate de nosotros como sociedad. La enorme solidaridad del mexicano que ante la tragedia se convierte en héroe y salvador de lo insalvable, aunque luego en el día a día, regresemos a nuestro distanciamiento social de siempre, a la negación del otro, del pobre, del vulnerable, y así, hasta la próxima tragedia.

La pandemia del coronavirus aterriza en una región donde ya había otras epidemias, hace diez años la gripe A H1N1, actualmente el dengue, zika, sarampión y chikungunya, pero ninguna tan letal como la pobreza y la desigualdad: El 53% de la población sobrevive en la economía informal y 42 millones de personas en América Latina y el Caribe padecen hambre, el equivalente a la población entera de un país como España, por lo que pensar en futuro no aplica, es el presente y sólo el presente el que importa para millones de familias que viven al día.

De muchas maneras, ser latinoamericano incluye acostumbrarse a vivir en un permanente estado de emergencia, pero esa es también nuestra fortaleza. El sentirnos siempre vulnerables por las raquíticas o nulas protecciones sociales, la falta de un sistema de salud universal y las muchas epidemias que cada tanto hay que afrontar, más seguido de lo que quisiéramos, no permite relajarse y de ahí la reacción prematura que tomaron algunos países para confinar a la población, es más, hubo un auto confinamiento voluntario por parte de sectores de la población que, al ver la que estaba cayendo en Europa, presionaron a sus respectivos gobiernos para decretar el confinamiento y cese de actividades esenciales.

En México, por ejemplo, el grueso de la clase medias y alta se auto confinó desde el 13 de marzo cuando apenas los contagios se contaban en decenas. Argentina desde el 20 de marzo con solo 128 casos de coronavirus decretaba la cuarentena y esa semana en mayor o menor medida lo hacían Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Chile y Perú.

Por ahora siguen siendo el hambre y la violencia lo que sube los marcadores letales y el covid-19 lo agravará aún más, por eso es tiempo de mirar hacia los pueblos originarios de América y recuperar el conocimiento ancestral, el ‘altzil, que en voz tojolabal, lengua maya, define al universo. En la cosmovisión indígena, el ‘altzil está en todo lo que vive, es la madre tierra que nos alimenta y sostiene. Si no la respetamos y cuidamos, la tierra se enfada. Significa “Corazón, alma o principio de vida”.

EDICIÓ PAPER 11/07/2020

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