APUNTS AL NATURAL

La gestión de las emociones

Promover el optimismo antes de tiempo es casi una garantía de frustración

Muestra de la vacuna de Pfizer / EFE
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1. Segunda oleada. Ante la pandemia, a Ivan Krastev le gusta distinguir entre el miedo y la ansiedad. La primera parte de este episodio, el impacto del primero gran confinamiento, se jugó en un clima de miedo. El miedo, y más cuando viene doblado por la culpa, es una invitación a la sumisión y a la prudencia. Y lo que la ciudadanía espera y pide es competencia por parte de los que tienen que gestionar el problema –científicos y políticos–. A pesar de que las redes sociales han sido un importante altavoz para las teorías negacionistas y conspirativas (y de que la extrema derecha a menudo las ha alimentado), ha habido confianza en los expertos y una cierta tendencia a replegarse con la mirada puesta en los que mandan, con la esperanza de que la crisis los hiciera madurar. A pesar de que la política ya venía de antes cargada de descrédito, la ciudadanía buscaba motivos para reconocerla y, así, si no hacían disparates demasiado evidentes, la pandemia tendía a ser favorable a los que gobernaban y la confrontación más bien irritaba. Pero la segunda oleada está cambiando las cosas. Y la gestión de las emociones se hace más difícil.

El fantasma del coronavirus sigue abrumando nuestra existencia y la sensación de callejón sin salida se hace cada vez más insoportable

El paso del miedo a la ansiedad es un hecho. La conciencia de los ciudadanos vive una fractura crítica: el fantasma del coronavirus sigue abrumando nuestra existencia y la sensación de callejón sin salida se hace cada vez más insoportable. A la vez, los efectos indirectos del gran cierre se hacen más explícitos: psicopatologías, deterioro manifiesto de las condiciones de vida de gente mayor aislada y con pocas oportunidades de moverse, déficit en el proceso relacional de los jóvenes, pérdida de expectativas, resentimiento por una situación que no te has buscado, y que conlleva soledad y sensación de perder arraigo. Todo eso va pesando en el ambiente. Se empieza a perder miedo a salir a la calle a protestar, lo cual es positivo: muestra la voluntad de hacerse visible, en un mundo en el que parece que se nos exija invisibilidad. Si sumamos estos estados de espíritu a la situación económica crítica en la que muchos sectores se encuentran, la preocupación de los que gobiernan crece y las expectativas de los que se lo miran a la contra aumentan. Si el miedo tendía al orden y a la desmovilización, la angustia puede llevar a buscar la confrontación, aunque solo sea para dejar constancia de que existes. Si el primer confinamiento parecía reforzar a los que mandan, y era agua fría para los populismos reaccionarios, en la segunda oleada, si no acaba bien, pueden volver a encontrar tierra fértil.

2. Optimismo. Unos gobiernos en evidente desconcierto se aferran a las vacunas. Necesitados de buenas noticias, se han puesto a cantar victoria con promesas arriesgadas. Se anuncian ya las vacunaciones para centenares de miles y se ponen fechas que parecen de difícil cumplimiento. No hay duda de que los adelantos con las vacunas son una gran noticia –paso ineludible para la victoria final– pero queda mucho camino por recorrer. Y promover el optimismo antes de tiempo es casi una garantía de frustración.

El presidente Sánchez anuncia un plan de vacunaciones con trece mil lugares potenciales para hacerlas. Pero todo está por armar. Desde la consolidación de las vacunas –todavía en fase de pruebas– hasta su distribución –que puede ser una carrera de obstáculos– y su implementación real. ¿Optimismo para intentar esconder las malas noticias que todavía tenemos que encontrar por el camino?

De golpe el presidente Sánchez vuelve a la estrategia piramidal. Se había apartado del centro de la escena para que las comunidades autónomas gestionaran la desescalada. Y ahora vuelve para liderar la presunta salida. Vacunas y reparto de las ayudas europeas bajo control. Si es oportunismo es un poco infantil porque todavía hay muy recorrido para la desesperación. Los aplausos tardarán en llegar. En todo caso, es un retroceso evidente respecto a la incorporación de las comunidades autónomas a la gobernanza. Y alimenta la sospecha de que una vez más sean los grupo de presión corporativos alrededor del Estado los que se beneficien del reparto de dinero. ¿Nuevas iniciativas, empresas de dimensiones medianas o pequeñas, actores económicos no alineados, podrán beneficiarse de las ayudas? Un buen reparto sí sería una señal para el optimismo, el milagro de un régimen cerrado que fuera capaz de abrirse a la sociedad.

EDICIÓ PAPER 16/01/2021

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