De mal gusto

Aparte de decisivo en el funcionamiento institucional del franquismo, Carrero Blanco fue un ideólogo

El jueves pasado este diario informaba de que, revocando una sentencia anterior de la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo español había absuelto a la usuaria de Twitter y estudiante de historia Cassandra Vera al considerar que sus chistes -blanquísimos, me permito precisar- sobre el atentado contra Carrero Blanco no merecían una sanción penal. Sin embargo, y tal vez temiendo que la decisión molestara a determinados sectores de la opinión carpetovetónica, los altos magistrados se permitieron aliñarla con unas consideraciones de carácter estético y moral: los tuits de Cassandra eran bromas "fáciles y de mal gusto", "reprobables socialmente y hasta moralmente como mofa de una grave tragedia humana".

A ver. Quizás convendría empezar recordando que Luis Carrero Blanco fue, desde el 6 de mayo de 1941 hasta el 20 de diciembre de 1973, una pieza clave (la más crucial e inamovible después del Caudillo) de la dictadura franquista. Primero, hasta el 1951, como subsecretario de la Presidencia; después, hasta el 1967, como ministro de la Presidencia; a continuación, hasta junio de 1973, como vicepresidente del gobierno, y durante los últimos seis meses como presidente. A lo largo de ese periodo fue corresponsable jurídico y sin duda moral de haber dado el enterado a algunos miles de penas de muerte; solo en Cataluña, cerca de cuatrocientas. Me pregunto si esto, si todas aquellas tragedias humanas -porque los fusilados y agarrotados tenían familias, claro-, merecen alguna reprobación social o moral, a criterio de los magistrados del Supremo.

Aparte de haber sido un engranaje decisivo en el funcionamiento institucional del franquismo, Carrero fue un ideólogo. Quizás el más reaccionario e integrista, granítico en su obsesión sobre el "contubernio judeo-masónico-marxista", convencido hasta el último día de que la historia mundial desde el siglo XVI era la de una infernal conspiración de luteranos, anglosajones, judíos, masones, liberales, socialistas y bolcheviques contra la grandeza de la España católica. Pero, mucho más poderoso que los Gonzalo Fernández de la Mora y otros autores de la misma cuerda ultramontana, Carrero dio a sus ideas una difusión remarcable. Bajo los seudónimos de Ginés de Buitrago y Juan de la Cosa, el almirante redactó durante los años 1940 y 1950 artículos de prensa, y sobre todo unos textos que eran radiados por Radio Nacional de España y que, recogidos después en forma de libros, permiten hacer el retrato intelectual y ético de su autor.

¿Hacer bromas sobre el fin de Carrero es reprobable pero la tarea política del personaje no lo es?

Una vez leídos y analizados aquellos textos -que se titulan genéricamente Comentarios de un español-, confieso que no puedo evitar algunos interrogantes. Para las almas sensibles de los actuales magistrados del Supremo, ¿era de mal gusto o de buen gusto que, después de haber simpatizado abiertamente con la Alemania nazi, Luis Carrero se permitiera criticar el proceso de Nuremberg (se juzgaba a los acusados por " actividades militares y diplomáticas en el Servicio de su Patria en guerra") y afirmara que las ejecuciones de los condenados a muerte en ese juicio "no están dentro de la moral y la ortodoxia cristianas"? Esto, sin haber mencionado nunca los campos de exterminio, ni el Holocausto judío, ni...

¿Y no resultaba de mal gusto escribir pestes contra la ONU (antes de que esta aceptara a España, claro) y acusar de masones a todos los líderes estadounidenses de Truman para abajo (antes de los acuerdos Washington-Madrid de 1953, naturalmente), y mostrarse anglófobo y antifrancés siempre? ¿No es reprobable haber hecho mofa de un intelectual de la talla de Salvador de Madariaga llamándole "el renegado", o referirse a Indalecio Prieto como "el gordinflón socialista español sobre cuya conciencia pesan tantos crímenes"?

Los hombres y las mujeres que ejercen como jueces en el Tribunal Supremo son -hay que suponerlo- personas cultivadas, conocedoras de la historia. Deben de saber, pues, que todavía el 20 de julio de 1973 Carrero presumía ante las Cortes de ser el instrumento del Generalísimo para "dejarlo todo atado y bien atado", el candado que impediría, después de Franco, el nefando advenimiento de un sistema liberal-parlamentario. Quizás ignoran que, aquel 20 de diciembre, el Consejo de Ministros de la que decía que era la décima potencia industrial del mundo tenía que estar -si la muerte del presidente no lo hubiera impedido- monográficamente dedicado a debatir un informe escrito de puño y letra de Carrero sobre "el comunismo y la masonería"; un condensado de paranoias ultraderechistas del que extraigo sólo dos frases: "El comunismo se ha infiltrado en la Iglesia y en la Universidad. [...] El desorden en la Universidad, las pintadas, las asambleas, etc., que deshonran a la Universidad, deben desaparecer cuanto antes".

Y bien, ¿hacer bromas de patio de escuela sobre el fin de Carrero es de mal gusto, reprobable socialmente y moralmente, pero en cambio la tarea política y doctrinal del personaje durante 32 años de poder dictatorial no lo es? La falta de sensibilidad democrática e histórica que las más altas instancias judiciales españolas han mostrado en el caso -menor- de Cassandra Vera ayuda a entender el comportamiento de aquellas mismas instancias ante el «desafío separatista».

EDICIÓ PAPER 23/09/2018

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