Las patatas bravas y el catalán de los derrotados

Como siempre: que tú te mueras y que yo viva. ¿Verdad que ya los veis, que ya lo oís?

El otro día estaba sentado ante la mesa de madera de un bar y creí mirarme en un espejo. Y, claro, no veía nada. Por eso enseguida que llegó aquella mujer con silla de ruedas arrastrada por otra mujer vi que las tenía que mirar. Difícil encontrar una blusa como aquella. Abrochada hasta el cuello, que no se veía. El estampado que sólo llevan las madrinas de toda la vida. Como las blusas de mi abuela, que cuando se acicala tiene que mirarse en el espejo para que le diga: va, ya puedes salir. Aquellas blusas de señora muy antigua pero que hoy también llevan las chicas de treinta largos que no quieren envejecer y creen que estas blusas las hacen modernas y jóvenes. La blusa negra. Y salpicada toda como una lluvia de dibujitos de una especie de bastones de colores caramelo de 'majorettes'. No sé si os la podéis imaginar. Pero ella, aquella señora en silla de ruedas con aquella blusa para llevar a una fiesta que no se celebraba en ninguna parte y con pendientes y collar que la hundían aún más en su silla, como una Castafiore de cómic de Tintín, flamenca, alegre, coronada con una permanente 'made in' molde de permanente de todas las madrinas conocidas, aquella señora, un miércoles a las cinco de la tarde de un día de agosto de Georgie Dann asándose en la barbacoa del asfalto y de helados suicidándose a la acera, aquella señora pidió al camarero unas patatas bravas. 'Ole, canole'.

Y la señora de la silla de ruedas y la mujer que la llevaba arrancaron la conversación a la espera de las patatas bravas. Y ella dijo que tenía 99. Y que el próximo año cumplirá 100. Años. Y que, claro, tal vez, que le dicen, que ya nota que le quieren montar una fiesta. Y la otra mujer, que era como una especie de cuidadora arrastradora de esta abuela, la escuchaba sin dejar de mirarla a los ojos, melosa, atenta, paciente. Y la abuela que sigue hablando, que si los hijos, los nietos, los biznietos ... La vida. Ay, la vida. 99, niña, 99. Y no se detuvo con el depósito lleno de palabras y una voz de hilo musical que está y no está. Explicó muchas cosas como una carreterade curvas, zigzagueante sin fin. Y llegó un momento, no sé ya muy bien de qué hablaban, cuando la abuela le dice de pronto: " Porque tú, ¿si te digo algo en catalán me entiendes?" Y la mujer que la escuchaba, que tiraba de la silla, cuidadora con ojitos azules de país del Este, y con rostro de silenciador, mueve la cara como un cubito que se deshace y dice que sí. Y yo me volví a reflejarse en la mesa de madera.

Y vi que ahora que en Cataluña, parece-parece, que todo el mundo se está matando, que somos como el cuadro de 'Saturno devorando a su hijo', como una fiesta mayor caníbal, como un buffet libre carnicero, ya somos como demonios ('Mantis religiosa') asesinando después de la cópula, después del hecho, somos la familia Manson, un Waco en la fiambrera nacional ... Todo esto son los síntomas de la enfermedad del perder, de la derrota. Y huelen la sangre, la hemorragia, la herida. Y ya salen los zombis que estaban escondidos. ¿Los ve? Todos estos que hacía tiempo que estaban callados. Y los zombis van entrando por nuestras llagas de cada día desde hace años y años: la lengua. Y salen todos estos muertos vivientes, canallas, mentirosos, malos ... diciendo cosas de estas que el catalán y el castellano en Cataluña se hablan igual, que si la libertad, que si no se puede obligar a hablar las lenguas, que si el castellano no lo ha impuesto nadie, que no puedes pedir nada, que todo bien, súper, pero que yo sí y tú no. Como siempre: que tú te mueras y que yo viva. ¿Verdad que ya veis, que ya lo oís? En los medios, en las redes, en la calle, en el cerebro. Salen como guerrillas sin alma del cementerio. Los zombis dentro de casa vuelven y están fuertes. Van a todas. Irán a todas.

De momento ya nos están mordiendo la lengua. Han abierto la boca y no la cerrarán. Se irán arrapando a todo y nos irán devorando. Poco a poco. Siempre en nombre de la concordia, el diálogo, la convivencia, la libertad, la democracia, siempre en nombre, recuerde, del yo, sí; pero tú, no. Esta es nuestra historia, la de la lengua, la de esta España de mentira antropófaga y la de esta Cataluña desangrada por tanta verdad. Al final, el final independiente que nos espera es este: comer un plato de patatas bravas un día de agosto de parrilla satánica, como si celebráramos acicalados, vestidos de domingo, una liberación nacional del estómago patrio antes de morir. Sintiéndonos como tubérculos bravos, valientes, intrépidos, heroicos. Masticando en silencio. Sin decir nada. Sólo la onomatopeya, derrotada, hablará catalán: 'nyam-nyam'.

EDICIÓ PAPER 21/09/2019

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