Contra los fantasmas

Las asignaturas pendientes se podrían focalizar en una: entender que las ideas no se pueden imponer

Todo el mundo tiene miedo y todos los pueblos tienen sus fantasmas. Lo que marca la diferencia es la capacidad de embridar el miedo y enterrar los fantasmas, y en esta larga batalla siguen Cataluña y España. Continúan intentando enfrentarse al miedo a la libertad y enterrando a los fantasmas que aún se ciernen sobre un sistema político imperfecto y que continúa sin aceptar que la génesis misma de la democracia es la gestión de la diversidad.

Pedro Sánchez, con una legislatura corta pero que debería ser más que hacer algunos gestos, ha decidido enterrar al gran fantasma, el cadáver del dictador de un franquismo que aún se filtra diariamente en la cultura política española. El hecho de que después de más de 40 años Franco sea trasladado de un altar en un monumento infame a una sepultura familiar es un primer e imprescindible paso, un símbolo que debería ir seguido de muchas otras decisiones que favorezcan la restitución del honor de las personas y la recuperación de los cuerpos de tantas víctimas de la guerra y de la dictadura.

Enterrar el cadáver más simbólico del franquismo significa mucho más que sacar a Franco de la protección de la Iglesia católica y del Estado, porque la cultura democrática española aún tiene deberes por hacer y más fantasmas para enterrar.

Las asignaturas pendientes las podríamos focalizar en una: entender que las ideas no se pueden imponer. Ni siquiera la idea de la sacrosanta unidad de España que protege la Constitución como esculpida en piedra. En sentido contrario, es obvio que tampoco se trata de imponer la independencia, pero es completamente legítimo defender que se pueda votar la mejor manera de autogobernarse entre las propuestas existentes, si es que hay otra a parte del caduco estado de las autonomías y la independencia. Por lo tanto, España y Cataluña están inmersas en una batalla política de fondo que tiene más de carrera de resistencia que de velocidad, y que necesita una estrategia basada más en la racionalidad de construir el mejor proyecto que seduzca al sector más amplio de la opinión pública que en cuantificar la intensidad de los sentimientos o aprovechar la oportunidad de un momento concreto si no hay cambios de mayorías.

La cita de Portabella

Los sentimientos contra el abuso de poder, por la manera en que se ha construido e instruido la causa contra los líderes independentistas, marcarán el otoño con la perspectiva de un juicio indignante. Hace unos días Pere Portabella convocó a unas decenas de personas a una cena de verano en su casa, como ha hecho durante 40 años. Se trata de encontrarse desde los puntos de vista ideológicos más diversos y ser capaces de escuchar a los demás, de construir confianzas y compartir el lenguaje universal de la música de Bach. Tan necesario, tan generoso y tan difícil hoy. El que fuera productor de ‘Viridiana’ y director de una veintena de películas recordaba, con una brizna de tristeza, que los primeros encuentros en su casa eran clandestinos y que la mayoría de los líderes políticos que asistieron el año pasado están hoy en prisión o en el exilio. Los silencios eran más elocuentes que las palabras de algunos de los políticos presentes.

Una vez reenterrado Franco en España, quedan otros fantasmas para sepultar, y entre ellos está el que podemos llamar la justicia justiciera. El sector de la justicia española que ha pretendido hacer un trabajo que consideraba que una derecha tibia no tenía el coraje de ejecutar y que, encabezada por el juez Llarena y su falta de imparcialidad, ha llevado al sistema judicial en su conjunto al desprestigio internacional , y al soberanismo a la principal victoria política desde el 1-O.

"Haré de mí"

El día 4 Pablo Llarena deberá responder a Bélgica, y el mismo día el presidente de la Generalitat, Quim Torra, dará una conferencia en la que quiere definir el escenario político del país. El presidente dice: "Haré de mí"; es decir, que hará un discurso coherente con sus principios ideológicos y su manera de entender el catalanismo. Torra hablará del trabajo que corresponde a cada uno: el papel de los exiliados, que han conseguido dejar en evidencia la debilidad de la causa contra los líderes independentistas, el papel del gobierno catalán y el de la sociedad civil y las organizaciones que la vertebran, desde Òmnium Cultural hasta la ANC y los CDR. Cataluña también tiene sus fantasmas propios, y entre ellos está la capacidad de atomización de los actores políticos y la mirada al retrovisor.

Torra se define como un novecentista y hay un ideario de civilidad, serenidad y construcción del país que puede resultarle útil, siempre que no olvide que casi un siglo después la Cataluña y el mundo novecentista pueden ser un símbolo pero quedan lejos de la realidad sociológica, cultural, política y económica de la Cataluña del siglo XXI.

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EDICIÓ PAPER 18/11/2018

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