LA OBSERVADORA

¡Letras, por favor!

Hoy queremos reconocer a aquellos que nos hicieron descubrir a los artistas (también los científicos lo son) y recordar que todos podemos abrir esa rendija mágica que se produce cuando con un libro nos pasa la corriente

Quien nos enseñó a leer nos abrió los ojos al mundo y todos tenemos alguien a quien agradecérselo. No me refiero sólo a juntar letras y hacer sonar sílabas -que también- sino a aprender a elegir los libros que nos acompañarán durante toda la vida. No son otros que los libros con los que estrenaremos la percepción de que son ellos los que nos leen a nosotros y saben expresarnos mejor que nosotros mismos. Pronto se entiende que lo importante no es leer sino leer bien. La velocidad de las horas ayuda. Todavía recuerdo, y hace casi 30 años, el impacto de ver en las estanterías de una biblioteca de un piso oscuro una cuarentena o cincuentena de volúmenes de las obras completas de Lenin. La desolación se apoderó de mí. ¿Cuántas páginas serían realmente relevantes? ¿Podía alguien entregarse a aquella lectura sistemática sin perpetrar un delito de derrochar el tiempo? ¿Sin caer en el dogmatismo? El azar quiso que en otra estantería hubiera lo que me pareció maravilla de las maravillas. Una aristocrática enciclopedia británica flanqueada por Hume y por Montaigne. Aquellos que nos enseñan a leer, que nos abren la mente y las puertas a los mundos y las vidas que no vamos a vivir, tienen un espacio de privilegio en el recuerdo. Los primeros son los profesores que acertaron con el libro que primero nos enganchó. Hoy el dossier recoge algunas de estas historias sobre maestros que nos inocularon el veneno. Es el caso de Jaume Cabré, que abrió el mundo de Julio Verne, Emilio Salgari o Karl May al que ahora es otro prescriptor de nuevos mundos para adolescentes. También leeréis la historia de Perfecto Cuadrado y el descubrimiento de la literatura portuguesa de Ponç Pons. Y las experiencias de lectores nuestros como Iván Cid y la profesora Esmeralda o Carmen Alsina y las peligrosas lecturas de Agatha Christie en un colegio de monjas. Gracias a todos. Hoy a los profesores les pedimos que formen lectores en una sociedad que no es lectora, pero el hábito de la lectura no se adquiere en medio del ruido, ni sin esfuerzo. Cada uno que asumir su responsabilidad y también su desafío si queremos inocular el placer de la aventura de leer como alguien lo hizo con nosotros. De hecho, si queremos inocular la aventura de conocer, la única que no se acaba nunca, nos tenemos que poner primero los adultos. Conocer a través de la literatura, del ensayo, de la música.

Partituras

Alfred Brendel, pianista extraordinario, tiene un libro de ensayos, Sobre la música (Ed. Acantilado), donde escribe sobre la influencia de los artistas en nosotros, los mortales. Sean escritores de libros o de partituras. Dice Brendel: "James Joyce hace decir a Stephen Dedalus en su Retrato del artista adolescente:«El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, detrás, o más allá, o por encima de su obra, fuera, evaporado de la existencia [...], indiferente [...], entretenido en arreglarse las uñas». Mientras Beethoven, inalcanzable para nosotros, se arregla las uñas, le agradezco que nos haya dado obras que nos trasladan dentro, o detrás, o más allá, o por encima de nosotros. Pasar una vida con ellas vale la pena". Hoy queremos reconocer a aquellos que nos hicieron descubrir a los artistas (también los científicos lo son) y recordar que todos podemos abrir esa rendija mágica que se produce cuando con un libro nos pasa la corriente.

Y también números

Esta semana nos han dado un premio. El ARA ha sido distinguido con uno de los premios Sant Jordi del Institut d'Estudis Catalans. La Fundación Ferran Sunyer i Balaguer nos ha dado el premio Matemáticas y Sociedad por un dossier sobre matemáticas aparecido un domingo de julio. El mérito es de los que lo compraron desafiando la cohorte de apocalípticos que anuncian, mientras se dan ruidosos golpes de pecho, la desaparición de la prensa y el papel.

No hablaremos de nosotros sino de Ferran Sunyer i Balaguer (1912-1967) y lo que nos puede enseñar. Se trata de un matemático relevante y un hombre extraordinario. Trabajó la teoría de funciones y publicaba regularmente en revistas internacionales. Su valía intelectual no se discute y hay que añadir de qué material estaba hecho humanamente. Ferran Sunyer nació con una atrofia del sistema nervioso que le impidió ir a la escuela y se movía en silla de ruedas. Dependía para todo de su madre, Ángela Balaguer, viuda desde que él tenía dos años; y más tarde de dos de sus primas. Sus papeles los escribían las mujeres que lo ayudaron a vivir y cuando asistía a congresos internacionales dictaba sus teorías y fórmulas de memoria y las escribían sus discípulos o colegas en la pizarra. Una historia brillante de superación personal, de amor y de entrega al conocimiento.

EDICIÓ PAPER 14/09/2019

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