CRÓNICA

De cómo Cuixart salta el muro y un taxista admira a Junqueras

Marchena da un final abrupto al juicio después de una jornada con emotivos alegatos de los acusados

Estar dentro de la sala del Tribunal Supremo tiene algunas ventajas. Los discursos se oyen igual dentro que fuera, pero la presencia física permite asistir a una colección de momentos impagables. De los vividos el miércoles me quedaría con uno. Después del alegato de Santi Vila, Marchena ordena un receso de 10 minutos, y mientras desfilamos veo cómo Txell Bonet está a punto de pasar por delante de donde está Jordi Cuixart repartiendo sonrisas y saludos. Entre ellos dos se interponen dos hombres de capacidad torácica notable, que tienen la misión de impedir el contacto físico entre familiares y acusados dentro de la sala. Y entonces, Cuixart hace de Cuixart, salta el muro invisible y extiende la mano para tocarle la barriga a Bonet. Es solo un segundo, porque el presidente de Òmnium vuelve a su posición inicial sin dejar de sonreír. Los vigilantes parecen desconcertados. No hay duda de que, si hay un método Cuixart para hacer las cosas, es este. Una sonrisa de oreja a oreja y adelante.

La recolección de momentos ha empezado esta mañana muy temprano. En el mismo taxi que me llevaba al Supremo. Allí el taxista me suelta: “¿Este, como se llama... Junqueras, no?, se está haciendo un nombre en toda España”. No me lo puedo creer porque el taxista dice, con palabras sencillas y claras lo que muchos reputados analistas políticos de la capital no se atreven a poner en negro sobre blanco: que Junqueras en la prisión se ha convertido en un gran problema para el Estado español. “Si querían fastidiarlo han conseguido todo el contrario”, concluye.

Doce alegatos para apelar a la responsabilidad histórica del tribunal

Junqueras, contra el sueño
Pocos minutos, después veo a Junqueras en persona, en el momento de entrar en el salón de plenos. Siempre aprovecha para hablar con Carles Mundó antes de retirarse a su rincón favorito, detrás de Andreu van den Eynde. Allí se le ve manejando papeles y, de vez en cuando, como ayer por la tarde, luchando contra el sueño. Pienso en el contraste entre su aspecto inofensivo y el grado de amenaza que representa para el Estado.

No hay duda de que Junqueras se está cultivando una imagen que supera las fronteras estrictas del independentismo. Como muestra, su intervención del miércoles, en la que pronuncia una frase a medio camino entre la autocrítica y la declaración de intenciones: “Todo político comete errores, pero hay que volver a la buena política”.

Una tercera postal del día. La famosa Piedad regaña frente a mí a Gabriel Rufián porque hace ruido con el móvil. La tal Piedad parece imbuida de la misión de boicotear cualquier momento emotivo o trascendente. Mientras hablan los acusados, ella remueve vasos y hace ruido. Cuando Rull está agradeciendo el apoyo de amigos y familiares, se acerca a Marchena para decirle alguna cosa. La suya es una lucha constante contra la creación de cualquier atmósfera de empatía con los acusados. Pero hoy fracasa absolutamente, y quizás por eso está más nerviosa de lo habitual.

Estar dentro de la sala me permite escrutar la cara de los magistrados mientras escuchan los alegatos. Ellos tienen prohibido mostrar cualquier sentimiento. Pero me parece detectar algún movimiento en el rostro de Ana Ferrer, la magistrada más progresista, viuda de un famoso magistrado militante del PCE, cuando escucha a Dolors Bassa. Quizás es sólo que está fijando mejor la mirada, pero de repente deja de ser fría para coger un cierto tono cálido. Si el objetivo último del alegato es introducir la duda en los jueces, sin duda el de Bassa es el discurso más efectivo, el que tiene más posibilidades de tocar alguna fibra. Su relato es el de una mujer sindicalista, sin estudios de derecho, pero es la que transmite mejor la idea que la sentencia marcará las próximas generaciones.

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La pulserita de Ortega Smith
A Laura Borràs le cuesta reprimir una lágrima, y se la seca con el pañuelo. Quim Torra y Roger Torrent observan desde el banco de las autoridades. Se ve a la legua que no están a gusto en absoluto. Al otro lado, en la bancada de la acusación, Javier Ortega Smith juega con la pulserita de la bandera española que luce. Hoy no interactúa con las abogadas del estado, que son ahora las víctimas predilectas de los hiperventilados españolistas. Por la mañana he detectado a un chico musculoso con un polo con la rojigualda rodeado de señoras con lazos amarillos. En realidad, si lo piensas, no das abasto para retenerlo todo.

Al final voy a la sala de prensa. Todo el mundo espera la intervención de Marchena. Aprovechará para lanzar algún mensaje. De repente, dice “visto para sentencia” y el monitor se oscurece. Y de fondo se oye un “oooh” de decepción.

EDICIÓ PAPER 12/10/2019

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