Yo también he sido víctima de acoso sexual

Por cada mujer que habla, ¿cuántas hay que están calladas?

Durante los últimos días el magnate de Hollywood Harvey Weinstein ha sido acusado de abuso y acoso sexual por tantas actrices que ya casi he perdido la cuenta. Rose McGowan, Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie o Asia Argento son tan solo unas pocas de las víctimas implicadas en esta trama de abuso de poder. Ninguna de ellas decidió hablar antes por miedo a las más que probables represalias. Silencio a cambio de empleo.

En este momento en que la gente se lleva las manos a la cabeza, gritando a los cuatro vientos que situaciones semejantes no pueden ser permitidas, yo solo puedo pensar que tal vez sea hora de echar la vista atrás y dar visibilidad a nuestras propias experiencias. Por cada mujer que habla, ¿cuántas hay que están calladas?

Por este motivo me he alegrado de encontrar en redes sociales una campaña de concienciación contra los abusos. El modus operandi es sencillo: tienes que escribir “ Me Too” ("A mí también") en los muros de tus perfiles si alguna vez en tu vida has sido víctima de abusos o agresiones sexuales. El mundo está escuchando. ¿Y sabéis qué? A mí también.

Tenemos que hablar para que el mundo se de cuenta de la magnitud de este problema

La primera vez que me tocaron sin permiso tenía 13 años y estaba en el metro, de camino al colegio. Me acuerdo porque aún llevaba mi uniforme verde y amarillo, con una falda de lana que hacía que me picasen los muslos al rozarme contra las paredes del vagón. Un hombre mayor se puso delante, tan pegado a mí que podía oír su respiración. Llevaba gafas y estaba medio calvo. Aprovechando la aglomeración de gente agarró mi mano y mirando hacia otro lado empezó a acariciarme los dedos, deslizando su mano por el puño de mi chaqueta hasta tocar mi muñeca. Me quedé paralizada por el miedo. Nadie hizo nada. Cuando llegó mi parada, salí del metro sintiendo cómo la mano me quemaba.

Al año siguiente un chico me tocó el culo mientras iba por la calle. Otro hombre se empezó a masturbar en el tren donde estaba sentada. Me miraba fijamente. Por aquel entonces me di cuenta de que lo que les ponía cachondos no era mi juventud, sino mi indefensión. Tenía 14 años, y se excitaban al verme vulnerable. A los 18 empecé a trabajar como modelo, y el estado de alerta constante se convirtió en mi día a día durante las sesiones. Un fotógrafo me tocó sin consentimiento, otro se desnudó usando cualquier excusa barata. Y más, mucho más. Ojalá pudiese contar con los dedos de las manos las veces que un hombre se ha saltado mi consentimiento.

Mi caso no es único, ni mucho menos una excepción. 

El precio del mirar hacia otro lado pasa por perpetuar y justificar conductas que ya deberían estar más que erradicadas. Tenemos que hablar para que el mundo se de cuenta de la magnitud de este problema. Señalemos a los culpables. Enseñemos a los jóvenes. Escuchemos a las víctimas. 

Dime, ¿a ti también?

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EDICIÓ PAPER 18/11/2018

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