La soledad de las víctimas

No se nos facilitan herramientas para la gestión emocional, ni la propia, ni de cara a los demás

Un año después de los atentados, en este primer 17 de agosto de conmemoración, se han preparado actos para compartir sentimientos, para acompañar el recuerdo, abrazados por toques de música y ofrendas florales y sin parlamentos institucionales como acto de respeto, reclamando la sociedad pacífica en que queremos vivir. El viernes se quiso que las verdaderas protagonistas fueran los y las familiares de las víctimas mortales, y las víctimas que se vieron atrapadas en aquella pesadilla, así como los y las profesionales de los cuerpos de seguridad y emergencias y diferentes profesionales que actuaron de manera ejemplar.

Y es que, después de un año, las instituciones y la misma ciudadanía comienzan a hacer cierto balance de todo. Conociendo la experiencia de algunas de las víctimas, duele profundamente sentir como reivindican, con mayúsculas, que durante este año se han sentido terriblemente solas. Y es que el silencio es indispensable, porque ofrece respeto, porque da espacio a la reflexión, al sentir, porque en los primeros momentos incluso conecta con un momento de pausa profunda, necesaria para poder situarnos... Pero, con el paso del tiempo, las necesidades cambian, y aquí es cuando elementos como la escucha real y la presencia auténtica también pueden convertirse en un gran bálsamo para poder compartir e ir integrando un hecho traumático tan extremo como el de un acto terrorista. Nuestra sociedad tiene deudas y deberes pendientes con nuestra memoria histórica, y de alguna manera se nos ha transmitido que el olvido es una buena opción para superar los hechos dolorosos. Aunque nos pesa la herencia de un erróneo aprendizaje colectivo que aboga por que determinadas situaciones, una vez vividas y habladas (o no) en el inmediato, no es necesario "removerlas" más para no provocar más dolor. No se nos facilitan herramientas para la gestión emocional, ni la propia, ni de cara a los demás, y esto hace que la inteligencia emocional quede eclipsada por el miedo de no saber cómo manejar el océano, a veces demasiado desconocido, de las emociones. Lo peor es que esto acaba provocando sentimientos de soledad e incomprensión en muchas de las personas que sufren hechos traumáticos.

De alguna manera se nos ha transmitido que el olvido es una buena opción para superar los hechos dolorosos

No preguntar arguyendo no hacer daño al otro a menudo es más un mecanismo de defensa de no saber cómo manejar la respuesta que te puedes encontrar, lo que es un posicionamiento muy poco empático. Escuchar y acompañar requiere disposición y comprensión. Estar ahí sin miedo es indispensable porque abre la puerta a la posibilidad de compartir. Y eso es lo que ayuda a reparar e integrar, el calor auténtico de quien te acompaña. Esta también debe ser la premisa indispensable para las instituciones y los procedimientos burocráticos, que hay que se encarguen del después de la emergencia. Subir de humanidad éste 'después' a medio y largo plazo será indispensable para construir procesos realmente reparadores.

No caigamos en el error de pensar que todo está hecho y cerrado. No olvidemos la llamada que muchas personas afectadas por los ataques terroristas están repitiendo. No aceptamos ni permitimos que se sientan solas, porque si se sienten así, como sociedad estaremos fracasando.

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EDICIÓ PAPER 16/09/2018

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