Publicitat
Publicitat

Manuel Valls ya está donde quería

"Un escritor es alguien que viaja hacia la verdad por un camino inesperado" (Roberto Bolaño).

La última noticia sobre Manuel Valls, primer ministro francés, nos dice que anteayer un tercio del grupo parlamentario socialista le reclamó cambios sustanciales en ese llamado pacto de responsabilidad con el que pretende recortar 50.000 millones de gasto público en dos años.

¿Todo un motín en su propio partido contra su recién anunciado programa de austeridad? Por supuesto. Pero seguro que Valls está encantado. Ya tiene enfrente a medio partido socialista. Ya está donde quería.

No tardará en cambiarle el nombre a su propio partido, al PS. Recomiendo el libro que publicó con el editor Robert Laffont: 'Pour en finir avec le vieux socialisme... et être enfin de gauche [Para terminar con el viejo socialismo... y ser por fin de izquierdas]'. En él se nos explica que el socialismo ha sido una maravillosa idea, una espléndida utopía inventada contra el capitalismo del siglo XIX, pero se advierte que hoy en día incluso el mismo término 'socialismo' se ha convertido en una palabra-prisión que impide avanzar.

Manuel Valls es un pragmático absoluto, lo ha sido desde los comienzos de su despegue político (vean la entrevista que le hizo Mónica Terribas en 'La nit al día', 2005). Si su admirado Felipe González hizo que el PSOE renunciara al marxismo como ideología oficial del partido, él es perfectamente capaz de lograr que el PS termine por desembarazarse del "anticuado socialismo falsamente bonachón" de las momias que componen ese tercio del grupo parlamentario de su partido, ese tercio tan hipócritamente escandalizado ante los ajustes que vienen.

En el fondo, lo que Valls dice es que, en un momento en que prácticamente toda Europa, con la inestimable ayuda de populismos y nacionalismos, se ha vuelto reaccionaria, no tiene ya sentido mantener la vieja farsa del dualismo entre la derecha conservadora y la izquierda progresista. Y lo que sugiere es que se acabe tomando por fin en cuenta que una democracia necesita "un respiro entre derecha e izquierda". Evidentemente ese "respiro" que oxigenaría al trasnochado PS, es él.

Si De Gaulle tuvo la habilidad en su momento de encarnar a Francia, Manuel Valls juega la carta de encarnar ese gran respiro que la agotada sociedad francesa parece reclamar. Para encarnar ese aire fresco, que de forma tan paradójica comporta consigo una serie de horribles medidas drásticas, Valls cuenta con la baza de la que para algunos es su mayor cualidad: su temperamento, tan marcado por el rasgo del coraje. No tiene miedo a nada ni a nadie, ni a las situaciones ni a las personas, ni a lo que puedan decir de él. Con ese temperamento se propone salvar a esta apurada Francia de hoy, a esta endeble Francia que se creyó a salvo –la anacrónica 'grandeur' no le permitía una actitud más inteligente– de la indigencia de los recortes de los "pobres" sureños y no acometió las reformas. Si quiere sobrevivir, Francia tiene que abordar las retrasadas reformas. En ese contexto está claro que no tiene sentido ser socialista a la vieja usanza y hundir desde la indolencia francesa a esa Unión europea que el propio Valls –cuando le preguntaron si era independentista catalán– definió como "muy frágil", no apta para nuevos ensayos, sino para unificarse de una vez por todas de verdad.

"No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades y debemos romper esa lógica de la deuda que nos tiene atados de pies y manos", ha dicho una y otra vez Valls, que no duda en considerar prioritaria la austeridad, un mensaje muy incómodo para los socialistas con las elecciones europeas a la vuelta de la esquina.

En esas elecciones yo votaré. Y lo haré a pesar de estar convencido de que, hace cien años, Europa tomó un camino equivocado y que hoy vivimos en medio de un horror paralizante que nos indica que en realidad Europa está amortajada desde hace décadas.

¿Europa amortajada? Es ésta una impresión tan cargada de verdad, que sólo se puede expresar hoy en día cómodamente en el contexto de una obra literaria, pues en ninguna otra parte más encajaría. Porque no es una verdad que uno pueda decir a los amigos el sábado por la noche sin que éstos no acaben pensando que has bebido demasiado. Y tampoco es una verdad que, sin parpadear, pueda decir uno de golpe en un artículo sobre política internacional, como este que voy terminando.

Suena demasiado literario decir que Europa está amortajada. ¿O quizás suena sólo demasiado verdadero?

Todo esto me demuestra cada día más que aún le queda un papel importante por jugar a la escritura, un papel relacionado con verdades que encuentran su lugar más adecuado en el territorio de lo literario, y, por paradójico que parezca, muy concretamente en el de la ficción. Porque, aunque muchos confundan la realidad con lo que cuentan los informativos de televisión, intuyo que la ficción literaria es hoy el mejor –sino ya el único– camino para aproximarse a la verdad.

A quien se esté ahora preguntando cómo me las apaño cuando hablo ante los amigos del sábado o cuando hablo o escribo para la prensa acerca del tema de la frágil Europa le diré que digo cosas 'no literarias' que, por tanto, se alejan de modo alarmante de la verdad de fondo; digo, por ejemplo, que aún tengo fe en la Unión Europea y que, por tanto, votaré en sus elecciones al Parlamento. Pero si bien lo de la fe es falso, lo de que votaré es cierto. Porque pienso seguir votando, movido siempre por el vago ensueño desesperado de creer que aún podemos dejar atrás las ruinas, inventar el futuro.

Pero al mismo tiempo seguiré soñando con la realización de una utopía lingüística de verdadero vértigo: la idea de una lengua común de Europa que, como apuntara Umberto Eco, se llamaría "traducción". Recomiendo consultar esa utopía en 'Le hêtre et le bouleau. Essai sur la tristesse européenne', de Camille de Toledo (Éditions du Seuil).

En esa quimera lingüística hallo el necesario equilibrio entre la verdad de fondo que expresa de forma inconfundible mi literatura y las falsedades que, fuera de ella, voy esparciendo por ahí, buscando no ser visto como un hombre "excesivamente literaturizado". Por eso a veces hablo de política. Como hoy. Lo necesitaba, pues nada tranquiliza tanto de vez en cuando como huir de la verdad.